En los bosques subantárticos del sur de Chile ocurre una lluvia silenciosa. No es agua ni nieve: son hojas, pequeñas ramas y frutos que caen al suelo formando la llamada hojarasca. Esa capa aparentemente simple cumple una función fundamental: devuelve nutrientes al ecosistema y alimenta el ciclo de la vida del bosque.

Fotografía encabezado: Copas de árboles, Patagonia, Chile.
Crédito: Frida Piper.

Fotografía: Patagonia, Chile.
Crédito: Frida Piper.

Ahora, un nuevo estudio realizado en la Reserva Nacional Coyhaique, en la Patagonia chilena, descubrió que los árboles de hoja caduca —los que pierden sus hojas en otoño— devuelven considerablemente más nutrientes al suelo que los árboles siempreverdes.

La investigación, liderada por la ecóloga Frida I. Piper junto a Alex Fajardo, fue publicada en la revista científica Ecological Society of America a través de la revista Ecology. El trabajo siguió durante tres años a casi mil árboles de lenga, ñirre y coigüe en un bosque subantártico de Aysén.

El estudio se enfocó en tres especies del género Nothofagus: la lenga (Nothofagus pumilio) y el ñirre (Nothofagus antarctica), ambos caducifolios, y el coigüe (Nothofagus dombeyi), una especie siempreverde. Lo interesante es que todas crecían juntas, bajo las mismas condiciones ambientales.

Eso permitió comparar directamente cómo influye el tipo de hoja —caduca o permanente— en la dinámica de nutrientes del bosque, sin que el clima o el suelo distorsionaran los resultados.

Para lograrlo, el equipo instaló decenas de trampas recolectoras en el suelo forestal y realizó monitoreos frecuentes entre 2017 y 2020. Cada hoja caída fue separada, pesada y analizada químicamente para medir cuánto nitrógeno y fósforo retornaba al suelo.

Los resultados fueron claros: las especies caducifolias liberaron mucha más cantidad de nitrógeno y fósforo a través de la hojarasca que la especie siempreverde.

En promedio, las especies caducas devolvieron cerca de 15,8 kilos de nitrógeno por hectárea al año, mientras que el coigüe siempreverde devolvió apenas 8,2 kilos. Algo similar ocurrió con el fósforo.

La razón está en la estrategia de vida de cada árbol. Las especies caducas producen hojas más “rápidas”: crecen velozmente, realizan fotosíntesis intensa y contienen altas concentraciones de nutrientes. Pero esas hojas duran poco y terminan cayendo cada otoño.

Los siempreverdes, en cambio, fabrican hojas más resistentes y longevas. Conservan mejor sus nutrientes y los reutilizan durante más tiempo. Esa estrategia reduce las pérdidas, aunque también suele asociarse a un crecimiento más lento.

Sin embargo, el estudio también encontró algo inesperado: los árboles siempreverdes pierden nutrientes de maneras que pocas veces se habían cuantificado.

Durante el invierno, el coigüe perdió una cantidad importante de hojas verdes debido al viento, la nieve y otras perturbaciones climáticas. Como esas hojas todavía estaban activas y llenas de nutrientes, la pérdida fue considerable.

Los investigadores estiman que, en algunos años, esas hojas verdes representaron hasta un tercio del nitrógeno perdido anualmente por el árbol.

En otras palabras, ser siempreverde también tiene riesgos: mantener hojas durante el invierno puede transformarse en una desventaja cuando llegan tormentas intensas o nevadas.

Aunque muchas veces la hojarasca se percibe como “basura” natural, en realidad es uno de los motores del reciclaje ecológico. Cuando las hojas caen y se descomponen, liberan nutrientes que vuelven al suelo y alimentan a nuevas plantas, hongos y microorganismos.

Por eso, entender cuánto nitrógeno y fósforo pierde cada especie ayuda a comprender cómo funcionan los bosques y cómo podrían responder al cambio climático.

El trabajo también plantea una pregunta fascinante: ¿cómo logran coexistir árboles con estrategias tan distintas?

Según los autores, una posible explicación es que las especies siempreverdes, aunque pierden menos nutrientes, producen hojas más duraderas y difíciles de descomponer. Eso ralentiza el reciclaje de nutrientes en el suelo y podría limitar el crecimiento de especies competidoras más “rápidas”, como la lenga.

Más allá de la Patagonia, el estudio aporta evidencia importante para entender cómo los bosques regulan los ciclos globales de nutrientes y carbono.

Además, muestra que pequeñas diferencias en las hojas —como cuánto duran o cuándo caen— pueden influir profundamente en el funcionamiento completo de un ecosistema.

En tiempos de cambio climático, incendios y alteraciones ambientales crecientes, comprender esos mecanismos podría ser clave para anticipar cómo cambiarán los bosques del planeta en las próximas décadas.