En lo más profundo de los bosques templados del sur de Chile, un pequeño marsupial único abre los ojos tras meses de silencio. El monito del monte (Dromiciops gliroides), el único marsupial sudamericano que hiberna, emerge de su sopor y con su despertar anuncia la llegada de la primavera.
Fotografía encabezado: Monito del monte, Chile.
Crédito: Evelyn Pfeiffer.
El maestro de la pausa
Durante el otoño e invierno, este diminuto guardián del bosque reduce su metabolismo en más de un 95 %, alcanza temperaturas corporales cercanas a 0 grados Celsius y puede permanecer en sopor ininterrumpido hasta 10 días seguidos. Gracias a ello, ahorra más del 80 % de su energía cuando la comida escasea.
“Podríamos decir que el monito del monte es un maestro del letargo. Su organismo entra en una pausa tan profunda que apenas consume energía, lo justo para mantener respiración y latido. Es un mecanismo de supervivencia extraordinario”, explica Isidora Camus, investigadora de Núcleo Milenio Lili (Millenium Nucleus of Patagonian Limit-of-Life).
De la quietud al movimiento
Lo verdaderamente asombroso ocurre cuando los días se alargan. Lentamente abandonan el estado de sopor y paulatinamente aumenta su capacidad aeróbica, a más del doble, alcanzando un rendimiento físico excepcional en verano, justo en la época de reproducción y mayor actividad. Este cambio fisiológico confirma la llamada “hipótesis de la flexibilidad aeróbica”, que plantea que algunos animales pueden ajustar su gasto energético de manera radical según las demandas de la estación.
Durante la hibernación consumen sus reservas de grasa para sostener funciones básicas como la respiración y el latido cardíaco. Con la primavera, la sincronización entre sus cambios metabólicos y la abundancia de frutos e insectos les permite recuperar energía y desplazarse con rapidez. En términos humanos, es como si en invierno maximizaran su capacidad de guardar energía, y en verano su cuerpo se reprogramara en pocas semanas para soportar un ejercicio intenso y recorrer largas distancias en busca de alimento y apareamiento.

Ya activos, estos marsupiales se transforman en acróbatas nocturnos: pueden desplazarse por los árboles a velocidades cercanas a 1 metro por segundo, recorrer cientos de metros en una noche y abarcar territorios de hasta 1,6 hectáreas en bosques nativos.
“Cuando revisamos las cámaras trampa- que toman fotos automáticamente con un sensor de movimiento- y vemos al monito del monte en acción, no deja de asombrarnos la energía que despliega. Es increíble cómo un animal tan pequeño puede moverse con tanta agilidad en un bosque tan complejo”, comenta una investigadora.
Más allá de los números, su historia es conmovedora: de la quietud absoluta a la intensidad vital, de la economía extrema de energía al explosivo movimiento. Un ciclo que recuerda que incluso en los tiempos más fríos y oscuros, la vida guarda la promesa de renacer.

Monitos durmiendo, Chile.
Crédito: Julián Quintero.
